domingo, 31 de agosto de 2008

De vuelta tras las vacaciones

¡Saludos lectores!

Ya vuelvo a estar en Barcelona, y no para dos días sino para quedarme. Éste verano ha sido poco fructífero en cuanto a libros se refiere, debido a mi ya comentado viaje a Cuba dónde estuve demasiado ocupada reteniendo en mi cerebro todas las imágenes y sensaciones que se me presentaban como para abrir un libro. Dicho sea de paso también tengo que achacarle las culpas de mi insatisfactoria lectura veraniega a los amenazantes, y ya próximos, exámenes de Setiembre que me obligaron durante mi, ya mucho más relajada, estancia en mi querido pueblo de Olmeda de Cobeta a hacer vida de ermitaña y a abrir otra clase de libros.

Con estas extensísimas disculpas quiero iniciar el tema para hablar sobre mis dos únicos, viudos y tristes títulos que he leído este verano que como bien creeréis todos ambos suceden en Cuba. El primero, que tubo el privilegio de ser prácticamente acabado durante el trayecto de ida y vuelta, fue Así en La Habana como en el cielo del escritor gallego J. J. Armas Marcelo. Marcelo coronándose co-protagonista narrador omnisciente y omnipresente de su novela, con una finísima narrativa impactante de la que cuesta unas páginas acabar de acostumbrarse y unos días acabar de desprenderse, nos muestra las más íntimas vivencias de La Tribu formada por personajes reales o imaginarios que se descubren y se esconden alternativamente a lo largo de los capítulos. Hiram Solar, el ingeniero negro también conocido como Harry debido a su gran parecido con el cantante Harry Belafonte, descendiente de esclavos, hijo trinitario que malvive en La Habana y sigue malviviendo en Miami. Pedro Infinito, viejo, verdadero lobo de mar, acompañante de las mil y una peripecias del gran escritor Ernest Hemingway, piloto del pilar, dueño y señor de las aventuras y desventuras de Papá pero convertido en atracción turística por su inacabable e insaciable verborrea. Petra Porter, ex modelo de París, Santera de pies a cabeza, bellísima mulata de cuerpo de gacela que busca renovarse yendo de cama en cama. Zeida Olivar, alias botellita de licor, pequeña, hermosa y redondita, figuraba ser la mejor bailarina de la habana, una segunda Alicia Alonso, pero ama al alcohol y odia a la Revolución. Cabeza Pulpo, un totalmente corrupto policía, enamorado hasta las trancas de la pequeña Zeida, desespera por acabar con Hiram Solar causante aparente de su accidente, es un loco de atar que toma por sus riendas la justicia, todo en nombre de la Revolución; patria o muerte, venceremos. En este entramado de anécdotas y vivencias que es la novela del gallego Marcelo cuesta sobremanera distinguir lo real de la ficción, pues en Cuba ambas van cogidas de la mano guiadas de la exageración. Una novela que cubanea, que se contonea, que te llama la atención llegando al punto culminante de la intriga cuando descubres que jamás volverás a estar así en La Habana, como en el cielo.

El segundo libro de este verano lo comencé en la Olmeda, un tanto inconscientemente ya que pensé que tendría tiempo de acabarlo. Ahora hablo de Tres lindas cubanas del escritor Mexicano Gonzalo Celorio. Un libro autobiográfico que puede parecer un puente entre México y Cuba, la tierra de sus mayores, pero que en realidad cuenta la historia de las hermanas Blasco Milián hijas de la colonización, emparentadas con ricos comerciantes del negocio de la piel, acostumbradas a una vida de disciplina rigurosa pero con todas las comodidades que el dinero ofrece, se ven separadas y enfrentadas por la Revolución. Es Celorio quien, con numerosos viajes realizados a La Habana a lo largo de treinta años, nos da cuenta de las diversas situaciones políticas que experimenta el país, de las distintas opiniones sociales al respeto, pero sobretodo del cambio que sufre el país a los ojos del visitante y de la transformación ideológica que él mismo sufre, él que está anclado a Cuba por su historia familiar, que sentía la revolución como propia, que para él Fidel era un héroe… Desde la fascinación al desencanto, hablando siempre desde el amor porque Cuba está en su corazón y su Corazón está en cuba, haciendo una aguda crítica al país sin caer en los tópicos. Pero también, y sobretodo, es un homenaje a muchos escritores cubanos; Carpentier, Lezama; Eliseo Diego, Dulce María Loynaz, Nicolás Guillén…

Espero que con estas dos escuetas divagaciones sobre mis libros del verano tengáis suficiente como para que os pique la curiosidad y haceros con un ejemplar de algunos de los dos, realmente reflejan mucho de lo que vi y escuché en estas lejanas y hermosísimas tierras caribeñas.

jueves, 17 de julio de 2008

La noche de San Juan

Saludos lectores,



Un día tuve un sueño, que me sorprendió por lo complicado que era y por la nitidez con la que recordaba algunos fragmentos al despertarme. Creí que era una historia curiosa y que quizá podría escribirla, lo hice. Luego se la di a mi abuelo para que la leyese, porque le gusta leer lo que escribo. Ya sabéis como son los abuelos con sus nietos, para ellos no existe nadie más perfecto. Pero me dijo, que hace tiempo, mucho tiempo leyó un libro dónde el caso y la solución planteada era muy similar y que hacía poco había vuelto a pensar en esa historia. Fue una casualidad asombrosa, el poder inimaginable del subconsciente ya que estoy segura que en algún momento de mi vida debió hablarme de tal libro, que ahora no recuerda su nombre ni su autor, y yo en un momento dado acabé soñando con la historia y quise rescribirla. A continuación os dejo mi escrito, con la esperanza de que alguien se lo lea, recuerde la novela y me pueda dar la reseña:

Francisco Serra Pintado falleció la noche de San Juan de 2008. Lo encontraron en su casa, sentado en el sillón frente a la ventana de la buhardilla. Presentaba un disparo en la sien, un abrecartas clavado directamente al corazón y olía a almendras amargas. Serra era oncólogo en el Hospital Clínico, aparentemente no tenía enemigos ni negligencias medicas conocidas, era buen médico y buena persona. Sus amigos le querían y sus conocidos le deseaban el bien. Por eso causó un estrépito importante el hecho que apareciese muerto de un día para otro y nada más ni nada menos que asesinado de tres maneras diferentes a la vez. Por lo extraño del caso, las autoridades mandaron como encargado al policía que creían más apto; Ramón Torrequebrada. Era un hombretón grande como un armario, de aspecto brusco y expresión severa. Sin embargo, también era conocido por su gran sentido del humor, por su sensibilidad sin par, por su amor incondicional hacia los gatos y por su estúpida afición de devorar lecturas policíacas.

Visto el panorama que ofrecía el escenario del crimen, parecía que Serra hubiese estado pacientemente esperando su muerte. Sentado, solo, en su sillón observando los fuegos artificiales desde la ventana de la buhardilla. Celebrando San Juan consigo mismo. Torrequebrada comenzó por enviar el cuerpo a los forenses para dictaminar cual de las tres era la causa de la muerte, y continuó por estrujarse el cerebro intentando adivinar que motivos podría tener alguien para matar de tres maneras distintas al mismo hombre.

Al poco tiempo de estar de vuelta, en su despacho, el teléfono comenzó a sonar estrepitosamente. Una vocecilla temblorosa, de mujer asustada le confesó en un susurro el asesinato del señor Serra. Concertó una cita con ella y, cinco minutos antes de la hora exacta, la encontró sumisamente sentada en el banco de la entrada. Carlota Saavedra, apenas llegaría a los 20 años, estudiaba farmacia en la Universidad de Barcelona, era bajita, delgada, morena y de mirada extraviada. Cada sonido que salía de sus labios, se transformaba en una convulsión de todo su cuerpo, la corroía la culpabilidad. Torrequebrada, al mirarla, sentía que ella era incapaz de hacer daño a nadie, y menos de matar a un hombre de una manera tan cruel. Durante su reunión volvió a sonar el teléfono del despacho, era Gerardo del Castillo que también se confesaba culpable de la muerte del Serra. A los diez minutos tenía a ambos sospechosos sentados en el despacho y ya empezaba a vislumbrar la sucesión de los hechos, Carlota era cómplice y Gerardo el brazo asesino. Gerardo del Castillo era un hombre de mediana edad que trabajaba en la oficina de correos, a primera vista parecía no tener ningún rasgo excesivamente característico. Era castaño, de ojos oscuros con ojeras permanentes, llevaba la barba mal afeitada y le sudaban las manos. Torrequebrada comenzó a exponer su teoría cuando volvió a verse interrumpido por el sonido del teléfono. Ahora se trataba de Tomás Santamaría que, como los otros dos, confesaba ser autor del asesinato del oncólogo. Santamaría era un hombre repulsivo, bajito, barrigón, de pelo grasiento y de un rubio sucio. Le faltaba un diente y no tenía intención de aparecer por la consulta de ningún dentista, escupía al hablar y su aliento apestaba a tabaco barato.

Tras un rato de hablar con ellos Torrequebrada descubrió que ninguno de los tres se conocía, eran tres desconocidos que habían decidido matar al mismo hombre la misma noche de San Juan. Torrequebrada encendió un cigarrillo y empezó a escuchar pacientemente sus declaraciones:

- Hacía ya un tiempo que Francisco y yo nos veíamos. Al principio a mi él ni siquiera me gustaba, pero ya sabe a veces las cosas van como van y una se ve en medio de un torbellino que no sabe hacia dónde gira, ni hacia dónde va, ni cuando parará. Y Francisco era así, me quería a mí porque soy joven y medio estúpida, pero él seguía amando a su mujer. ¿Usted sabe lo duro que es competir con una muerta? Perderla fue lo peor que le pudo pasar, ella le entendía era una mujer fuerte y vigorosa, alta esbelta, rubia…perfecta. Y yo solo ganaba porque estaba viva, solo por eso. Estoy segura que él ni siquiera me quería, ni tan solo un poco… Peor me engañó, a su manera claro, quizá ni se dio cuenta que estaba conmigo por estar con alguien, porque era fácil, barato y no tenía que dar explicaciones a nadie. Eso es lo bueno de los secretos ¿sabe? Como lo nuestro estaba mal visto nadie podía saberlo, y es tan fácil mentir…mucho más de lo que parece. Yo no había mentido nunca, hasta que conocí a Francisco, entonces todo el mundo creyó que me había apuntado a clases de Francés. ¿Francés yo? Menuda estupidez, realmente no se porqué me creyeron, si a mi las lenguas se me dan más que mal…Pero bueno, allí estaba yo mintiendo una vez, y otra y otra hasta que me enamoré de Francisco. Yo se lo dije, porque soy así y porque ya estaba harta de secretos y mentiras, le dije que me había enamorado y que me daba igual que lo supiese la gente, que no quería secretos. ¿Y sabe usted lo que me dijo, lo sabe? Pues se rió de mi, se rió con ganas y me dio dinero “anda, ve y cómprate cosas bonitas. Ya sabes que dinero todo el que quieras”. Eso, eso me dijo… Claro, pero usted es hombre y no sabe lo que se puede sentir cuando te dicen eso. Y de pronto me di cuenta de mi situación, que yo estaba sola y que el único hombre al que había amado en mi vida en realidad, no valía ni el mendrugo de pan más duro del mundo. Pero usted sabe que contra el amor no se puede luchar, y bien yo seguía amándole en silencio. Decidí no volver a verle nunca, porque no podía soportarle le odiaba y le amaba a la vez. No se si nunca ha tenido esa sensación….pero yo ya no podía más, no podía soportar saber que existía, que vivía ni recibir mensajes suyos. No podía, era superior a mis fuerzas… Así que me decidí a matarle, en realidad le estaba haciendo un favor. Porque él no quería vivir, lo único que quería era a su mujer y ella estaba muerta, ¡MUERTA! Pues, no me fue demasiado difícil robar cianuro del laboratorio de la universidad, parece mentira pero realmente fue fácil… quien me lo iba a decir. Al principio todo era una ficción en mi cerebro, era como la justiciera. Yo…yo siempre he sido muy parada ¿sabe? Siempre he hecho todo aquello que querían que hiciese, siempre he sido la hija sumisa, la amiga confidente, la alumna aplicada, la amante callada…y, ya no podía más y le maté. Si, le maté. Le puse cianuro en el café como en los libros y en las películas, su muerte al menos sería digna de mención saldría en los periódicos como salió la de su mujer ¿recuerda? María Oleguer, pianista tuvo un accidente de tráfico y perdió la mano derecha. Ya no podía volver a tocar y a los pocos días, a pesar de estar estable murió de repente. Dicen que fue de pena, pero yo creo que Francisco la mató. Porque él era así, un romántico empedernido. Sabía que su mujer, la que el conocía, de la que se enamoró había muerto al perder su mano… ¿Cómo puede sobreponerse una pianista a la pérdida de su mano … no podría volver a tocar ¿comprende? Por eso estoy segura que la mató, pero él era médico y sabía como hacerlo para que nadie se diese cuenta. Y….yo quería matarle a él, por raciones viscerales, egoístas y ridículas frente a la sublime muestra de amor que él le dedicó a su mujer. Ni en eso pude compararme a ella, yo… soy así, soy una asesina…

- Yo…bueno, yo apenas conocía al señor Serra. Bueno, en realidad él no me conocía a mí. Yo era su cartero, le llevaba las cartas cada día. Recibía muchas postales ¿sabe? Cada semana alguna, de cualquier parte del mundo pero siempre con matasellos de Barcelona. Era extraño pero aún era más extraño lo que decían las cartas… lo, lo acusaban de la muerte de una mujer. Decía que le había inyectado potasio mientras estaba en el hospital, convaleciente, y que por eso había muerto pero que todo el mundo lo atribuyó al accidente que había sufrido poco antes. Todas, todas las postales decían lo mismo, lo acusaban y le advertían, le decían que tarde o temprano saldría a la luz…que un asesino jamás queda libre ya sea por la justicia o, a falta de ella, por la toma de la justicia por parte de alguien. Yo…bueno, me sentía mal llevándole ese tipo de cartas cada semana, y bueno al final acabé por quedármelas yo, al fin y al cabo el las tiraba a la papelera más cercana en cuanto las recibía y a mi me intrigaban. Creía que le hacía un favor ¿sabe? Yo, pensaba que todo era una broma de mal gusto, que ese pobre hombre era un médico honrado que lo le había hecho daño a nadie. Pero…luego me enteré de la muerte repentina de su mujer, de lo que acaba de hablar ella. Y bueno, ligué cabos o creí hacerlo. Pero me convencí a mi mismo de que en realidad, Serra no era un buen hombre, que había acabado con la vida de su mujer. Bueno… ¿Usted ha visto la ventana indiscreta? ¿De Hitchcock? Bueno pues hice algo parecido, me dediqué a espiarle. Y entonces me enteré de su lío con esta señorita, y yo estaba bastante en contra y acabe temiendo por su vida. Ella es tan joven… y él era mucho mayor que ella y…yo, yo estaba convencido de que había matado a su mujer ¿sabe? No, no podía estar tranquilo sabiendo eso. Ve, ¿ve estas ojeras? Casi no he dormido, hace por lo menos un mes que no duermo una noche seguida, me despierto viendo el asesinato de esta mujer, una y otra vez y….en fin, decidí ir a hablar con Serra. Cuando le mostré las postales que había estado quedándome y le confesé que sabía lo suyo con una estudiante, montó en cólera, me derramó el café encima y se abalanzó sobre mí. Salí corriendo de allí, pero volví por la noche. Él estaba sentado en su sillón y cuando quiso darse cuenta lo había inmovilizado y le clavé el abrecartas. Lo maté, lo maté con su propio abrecartas sin razón para hacerlo, porque no puedo probar que él matase a su mujer… yo, yo…fue, irreflexivo, lo hice sin pensar. Estaba poseído… Jamás le he hecho daño a nadie, nunca, ni siquiera me pegué en la escuela. No, nos e porqué lo hice.

- Bueno, lo primero que tengo que decir es que yo no hice nada por sensiblería estúpida. Yo maté a Serra a conciencia, a sangre fría y con premeditación. Fui a su casa la noche de San Juan y le pegué un tiro en los sesos así… ¡PUM! Total a mí me daba igual si moría al instante o se desangraba, era un tipo que me caía mal. Y además lo maté por la espalda, cobardemente si quiere. Pero lo maté yo, estoy seguro. En realidad a mi me daba igual que hubiese matado a su mujer o que tuviese una relación con una pánfila… pero él tenía dinero, yo lo sabía porque salió en los periódicos cuando murió la pianista. Así que me dediqué a hacerle chantaje. Le enviaba millones de postales diciendo que sabía lo del asesinato de su mujer, porque perdóneme pero la policía hizo un trabajo pésimo. A ver, dígame como puede ser que nosotros tres cada uno por su cuenta supiese que la mujer de Serra fue asesinada por su propio marido y no hubieses hecho nada al respecto… ¡bah! Da vergüenza este país… No, no se enfade conmigo, que pronto podrá arrestarme, meterme en la cárcel y dejar que me pudra ahí. Lo que yo quería era su dinero, nada de justicia total a mí que me importa. Y además de las postales que el estúpido este de correos se dedicaba a interceptar, le enviaba cartas y e-mails pidiéndole dinero. El dinero tampoco era para mi, que soy mala gente, ya lo se, pero tengo familia también. Y a ellos no les meta en esto, que no saben nada. Yo quería su dinero porque me estoy muriendo. Tengo cáncer de pulmón y me quedan menos de dos meses, pero no tengo mucho dinero y mi mujer no gana demasiado tampoco. Yo quería que mis hijos estudiasen una carrera, porque el mayor no, pero la pequeña es brillante ¡Brillante! Ella quiere ser música, pero de eso no se vive…pero le gusta, toca el piano y su profesora dice que es buena y idolatraba a María Oleguer. Aspiraba a ser como ella, y casi se me muere la niña al leer la noticia de su muerte. Por eso, porque ella estaba como obsesionada por esa mujer me enteré de todo, porque a ver yo leer lo que se dice leer como que no, ni periódicos, ni nada. Que no tengo tiempo vamos, ni me gusta para que nos vamos a engañar pero yo soy tonto y mis hijos no lo son, ellos tenían que estudiar pero tenemos poco dinero y si yo me muero pues aún vamos a tener menos. Yo, yo quería el dinero del mamón este del médico para salvar a mis hijos. El mató a su mujer y mi hija lo sintió como si se hubiese muerto su hermana…así que en cierto modo me lo debía. Pero si no quiere verlo así no lo vea, lo maté por dinero y listo. Pero el muy cabrón no me dio el dinero, no señor, tubo que hacerme la jugarreta de darme un cheque ¡un cheque! Y encima sin fondos. Yo quería eso de las pelis, un maletín y dinero y punto. Pero nada, que no le entraba en la cabeza, decía no sequé de que sería muy sospechoso. ¿Y a mi qué? Joder, que yo solo quería la pasta. Bueno, al final lo maté porque me hartó, y me quedé así sin ver un billete. Pero no me van a meter en la cárcel, porque me estoy a punto de morir y si me mete me muero ahí que ya ve lo que a mi me importa. Que más da morirse en un sitio que en otro, peor lo que no quiero es que arreste a estos dos, que no les conozco pero me recuerdan a mis hijos. Y además que yo dejé mil pruebas en la sala, y acabarían por pillarme. Si ya me había hecho a la idea…pero bueno, vi en la tele a estos dos idiotas y tuve que venir. Ya me dirá usted, ¿no habría hecho lo mismo?

Poco después Torrequebrada recibió la llamada del forense, Serra había muerto por paro cardíaco. Muerte natural, tres intentos de asesinato pero el doctor murió por causas naturales. Sin duda estaba destinado a morir la noche de San Juan.

Junio 2008


miércoles, 9 de julio de 2008

Nuestro hombre en la habana

Saludos lectores,

Debido a mi futuro, pero próximo, viaje a Cuba, estoy haciendo recopilación de novelas que sucedan en este país. Es una manía como cualquier otra el querer ambientar mi mente hacia un lugar, por ahora, desconocido para mi queriéndome acercar antes de tiempo a base de literatura y películas. Normalmente consigo varias reseñas de libros interesantes de mano de amigos y familiares, pero este año no debo haberme esmerado lo suficiente pues han sido pocos los títulos que han llegado a mis oídos y cada vez estoy más cerca de mi partida hacia el Caribe. Así, que parte del interés de esta entrada consiste en preguntaros a vosotros, lectores, si conocéis cualquier libro que suceda en Cuba y si seríais tan amables de compartirlo conmigo.

De momento he conseguido tener entre mis manos el libro que da título a esta entrada, Nuestro hombre en la habana de Graham Greene. El año pasado leí otro famoso libro del mismo autor, El americano impasible éste transcurre en Vietnam recreando parte de la guerra a través de los ojos de un corresponsal británico con pocas ambiciones. Tengo que decir que la novela es altamente recomendable del mismo modo que las películas homónimas con Joseph Leo Mankiewicz como director en la primera versión cinematográfica y con Phillip Noyce en la segunda versión del 2002. Debido al éxito meramente personal que obtuve al leer este libro dudé poco en hacerme con Nuestro hombre en la habana y devorarlo bajo el sol veraniego de las playas de Barcelona. Si el primer libro que leí de Greene me gustó el segundo me ha encantado, pero ambos son completamente distintos e incomparables.

Nuestro hombre en la habana ofrece una lectura fresca y rápida mostrándonos la vida de Jim Wormold, un expatriado inglés residente en la Habana durante los últimos años de la dictadura de Batista. Se trata de un simple vendedor de aspiradoras cuya máxima preocupación en la vida es la felicidad de su beata hija, Milly, que de modo totalmente fortuito y ajeno a sus planes de vida acaba por convertirse en espía del servicio secreto británico para costearle los estudios. Su vocación como espía es nula y como apenas dispone de medios inicia una farsa enviando falsos informes y creando subagentes imaginarios, entre otras cosas envía a Londres planos de sus propias aspiradoras haciéndolos pasar por armas tan poderosas como las bombas H. Dicha farsa acaba por convertirle en un espía muy bien considerado por sus superiores, el desenlace de la obra inicia cuando Wormold se encuentra totalmente sumergido en la realidad de su farsa revelando oscuros secretos del servicio de información y poniendo al descubierto los últimos resortes del comportamiento humano frente a situaciones límite. Según mi opinión, si este verano tenéis la oportunidad de leer este libro hacedlo porque os aseguro que va a gustaros.

Otro título que he conseguido es El viejo y el mar de Ernest Hemingway pero de esta novela aún no me veo capacitada para hablar, tendré que leérmela y meditarla antes de iniciar una entrada hablando de Heminguay, Cuba y su obra. Para ello, seguramente espere a la vuelta de mi viaje cuando haya podido ver con mis propios ojos su casa y sus tabernas favoritas.


domingo, 29 de junio de 2008

Oblomov o la destrucción del amor

Saludos lectores,

He recibido el siguiente artículo que habla sobre Oblomov, de Iván Goncharov, de manos de un autor que me ha pedido encarecidamente que le permita mantener su anonimato. Pese a todo, yo no puedo quedarme indiferente frente a tan agradable sorpresa de modo que me veo moralmente obligada a expresar mi pasmosa gratitud frente al inicio de lo que yo deseaba al comenzar éste blog, un libre intercambio de opiniones. Así, que aquí os dejo su artículo junto con mi promesa de leerme Oblomov;

Siempre que se piensa en la bella Rusia, se evoca a Tolstoi, a Dostoyevski, a Puishkin o a Chéjov, grandes autores del desasosiego y la humanidad, románticos exaltados en virtud de un proceder que suele asemejarse al frenético e incesante hurgar de la musaraña. Raras veces recordamos a un tal Iván Goncharov pese a ser toda una institución en Rusia. Goncharov es autor de una única gran obra: Oblomov. Ésta trata de un cándido burgués terrateniente, venido a menos por el peso del trabajo, fracasado como funcionario y echado a perder a nivel estético. Un hombre sin inquietudes ni intereses más allá de lo meramente cotidiano. No es destacable en ningún sentido y no por ello, pese a lo que se podría pensar, pasa desapercibido ante los ojos del romántico escritor.

Oblomov vive en un piso del centro de San Petersburgo. Su criado, Zájar, es incapaz de mantener el orden y la pulcritud en tan ajado antro de viejos. Ambos viven de la renta que reciben de las tierras de Oblomovka (las tierras de Oblomov), cada vez más escasas debido a la corrupción del administrador y la vagancia de los mujiks (mozos de cuadra). Oblomov resta indiferente a esta situación y ello le lleva a una ruina parcial de la que saldrá mudándose al campo, obedeciendo al que considera su único amigo, Shtolz. Éste ha de llevárselo casi a rastras ya que Oblomov es totalmente incapaz de tomar una decisión.

Una vez en el campo, la situación cambia drásticamente, pues Oblomov se enamora de Olga, una mujer delicada y bella. Olga ve en Oblomov un potencial tremendo, un hombre educado y discreto, que parece desentenderse de las cuestiones que afectan al mundo. A su vez, Oblomov se conmueve cuando Olga canta Casta Diva. Con este caldo de cultivo empieza su romance pero, al igual que el resto de cosas en la vida de Oblomov, éste nunca llega a oficializarse. Gracias al hiperactivo Shtolz (antítesis de Oblomov), Olga se da cuenta de que está enamorada de un futuro que nunca llegará, pues el presente se pasa el día tumbado en el diván. Oblomov ya era consciente de esta circunstancia i había previsto el fin del idilio con anterioridad.

El final de la novela es de los mejores que jamás se han creado. Nunca he sido partidario de desvelar los finales, aunque sea de libros clásicos, y ahora no haré una excepción. Solo diré que los últimos capítulos no dan lugar a esperanza alguna. Goncharov no creía que las personas pudieran mejorar. Como buen ruso de principios del XIX, la gracia, la naturaleza humana y el destino regían su vida de tal modo que no existía ningún tipo de permeabilidad que diera lugar al sueño americano. El infierno, entendido como un campo de trabajos forzados en Siberia, no tiene escapatoria. Ya asistimos al ocaso de Raskolnikov (ni siquiera el amor lo salvó) y ahora nos proponen algo peor, si cabe, a lo vivido por el héroe de Dostoyevski. Ser conscientes de la presencia de la muerte y de sus consecuencias puede ayudarnos a cambiar (sí, Goncharov, cambiar) pero la perpetua reflexión sobre esas consecuencias puede llevarnos a un holocausto intelectual que nos haga desear una Siberia eterna, fría y justa.

lunes, 23 de junio de 2008

¡Maldito baile de muertos!

Hoy, por primera vez, se fijó en los buitres del acantilado, y pensó en su propia muerte. Mirando al pasado se ha dado cuenta que no hay nada de lo que se sienta orgullosa, pero tampoco le ha importado demasiado. Solo se ha visto invadida por un extraño sentimiento que no puede definir del todo, una especie de melancolía triste, llena de desencanto. Se ha descubierto dándose cuenta de lo muy poco, incluso inexistente, que ha hecho nunca. Pura nulidad, desamparada, sola y sabiendo lo necesario de la soledad para el conocimiento de uno mismo.

Un autoanálisis exhaustivo, incompleto, incongruente… Soledad acompañada de la mano de su propia compañía, básica, y sí, admirable.

A veces comparaba el acantilado con un pozo de sabiduría. Quizá no fuera sabio, pero sabía usar las palabras y llenar el corazón. No como ella, que con un solo gesto o una palabra de consuelo conseguía mitigar el dolor hasta hacerlo disminuir transformándolo en un gránulo perfectamente manejable y fácil de esconder. Creedme, no es muy complicado ser como ella. Únicamente es cuestión de desprenderse de la conciencia, sin dejar se ser, uno se rige por el equilibrio interior, basado en la no culpabilidad de los hechos. Ella puede dormir sin desvelarse, sin pesadillas, sin frustraciones ni ningún tipo de sufrimiento. Simple y llanamente por el goce del dormir por dormir. Puede dejarse llevar de pleno a un mundo paralelo dónde todo es o no es o fue o dejó de ser, segura de su voluntad y siempre por el propio placer, sin provocar ningún daño en los demás seres. Duerme sin tener que despertarse y acudir a la inminente llamada de la realidad. Pero sabe que si se refugia entre sueños, deseos y anhelos vivirá en sueños, en ficciones, sin vivir, y cuando se acabe descubrirá su mísera existencia.

Hoy, por primera vez, se fijó en el vuelo de los buitres del acantilado. Y ha descubierto una extraña capacidad para observar, ha aprendido que casi sin hablar puede llegar a formarse un esbozo algo parecido a la realidad. Ella es impresionable y capaz de admirar en los demás las virtudes y habilidades que ella no tiene. Mirando el vuelo circular de los buitres se ha dado cuenta que ansía saber más, comprender, adelantarse a sus actos, seguir sus pensamientos… Resulta, que el conocer a medias el alma noble del acantilado, superior e inquietante le alborota los sentidos y le entumece el cerebro. Desespera por estar al tanto de los futuros senderos que recorrerá, pues le alegrará conocer sus palabras y sus consejos, porque cree que pueden ayudarla, de modo un tanto inhabitual, a mejorar como persona. Pero se siente impotente frente al gran tamaño del acantilado y la noble danza de sus hijos, no consigue comprender su lenguaje.

No deja de intranquilizarse pues se guía por intuición, instinto o corazonada y cada vez más a menudo deja olvidada la razón. Hasta que se une a la danza desesperante, trazando círculos concéntricos en el aire. Y ellos siguen danzando, esperando a que, agotada, les deje culminar su baile.

Marzo 2008

miércoles, 18 de junio de 2008

Y sin saberlo, Kafka se apoderó

Saludos lectores,


A veces ocurre que sin razón aparente se te vienen unas ideas a la cabeza y las escribes tal cual en un trozo de papel, al rato las relees y te gustan. Entonces, decides pasarlo al ordenador para que no se pierda y meses después encuentras un documento con palabras tuyas que te llegan como si fuesen de otro. Bien, pues algo así me ha pasado hoy y como en la entrada sobre Nieve acabó apareciendo Kafka como una presencia asociada a la letra K y el escrito que he encontrado lo escribí poco después de leerme un libro recopilatorio de algunas de sus obras, he decidido que los astros pueden haberse alineado para mandarme esta señal o que, simplemente, podría ser buena idea colgar algo mío. Aunque, por supuesto, no pretendo deslumbrar a nadie os dejo aquí mis palabras deshilachadas;


Y una brizna de locura,
en sus ojos.
Apenas perceptible.
Un destello momentáneo,
al mirar de reojo, hacia atrás;
al pasado, borroso, antiguo, inerte.
Un atisbo de incredulidad,
ansias de libertad…


Y allí está, esperando,
mirando sin ver, aguardando,
sonriendo al vacío,
agudizando su demencia latente.

Y nadie se da cuenta,
parece tan normal, escéptica.
Tranquila, segura de su inseguridad,
vive, loca creyéndose cuerda
y cuerdos ignorándola loca,
pero vive.

Lee a perturbados agobiados,
guiños de complicidad,
Palabras de comprensión…

Y sigue viva,
esclava de sus sueños,
señora de su reino,
trastornada, sin razón
ida, a ratos,
de vez en cuando.

Y ya nada es igual,
pero todo sigue, normal.


Enero 2008

martes, 10 de junio de 2008

Yasunari Kawabata


Saludos lectores,

Hoy voy a hablar de uno de mis escritores preferidos, Yasunari Kawabata. Lo cierto es que lo descubrí por casualidad durante varano de 2004 que pasé una larga temporada en Olmeda de Cobeta, dónde a falta de otra cosa que hacer me dio por leer largo y tendido. Acabé más pronto de lo que creía mis suministros de lectura así que para pasar el resto del verano ataqué la estantería de mi padre. Allí entre otros libros se encontraba “Kyoto”. Lo leí ávidamente y esa fue la puerta que me adentró al mundo de Kawabata. No sopesé la posibilidad de leer más de Kawabata hasta este año durante el que, por otro casual, cayó en mis manos un ejemplar de “El rumor de la montaña”.

Kawabata a tuvo una vida llena de sobresaltos, nació en Osaka y pronto se quedó huérfano, vivió mucho tiempo en la ciudad de Kamakura, a las afueras de Tokio con su abuelo, hasta que este también falleció. La soledad de su infancia y su juventud hizo mella en su vida y, por supuesto, también en su obra. Estudió filología japonesa en Tokio pero fue ávido lector de célebres escritores ingleses. Durante su juventud experimentó también un gran interés por el mundo del cine e incluso colaboró en el guión de "Una página de locura", película de Teinosuke Kinugasa que espero que pueda llegar a mis manos durante algún momento de mi vida.

La mayoría de sus novelas ocurren en Kamakura ciudad que, pese a no haberla visto en mi vida puedo conocerla palmo a palmo gracias a la delicada descripción que hace de ella cada vez que aparece, bajo distintos puntos de vista con unos u otros personajes pero siempre bajo el son del Shinkankaku-ha. El Shinkankaku-ha no es más que el estilo o la escuela bajo la que normalmente escribe Kawabata, literalmente significa algo así como “la nueva escuela de las sensaciones”. Se trata de un estilo que no he encontrado en otro autor, fresco y rico en adjetivos, de descripción casi constante pero precisa y nada engorrosa. Con la naturaleza siempre presente que se une y se entrelaza a lo que sería el hilo argumental de la novela como si fuese una presencia mística imparable, indomable pero tan grande, fuerte a la par que delicada, como cada una de las personas que nacen, viven y mueren en cada fragmento de los libros de Kawabata. La importancia del ritmo, las imágenes, la capacidad para describir cosas sorprendentes fueron intereses que proclamaron las revistas de su época como algo nuevo y deslumbrante. Más tarde abandono, en parte, el Shinkakaku-ha para centrarse en La Escuela del Nuevo Arte que acentúa la urbanidad y la atracción por lo erótico, grotesco y sin sentido en un contrapunto único y completamente suyo. Sin embargo, todas sus novelas tienen algo en común, una esencia compartida que, a veces, me inclino a pensar que puede tratarse del alma del autor aunque muy probablemente no sea nada más que una lisonja poética que permito que aflore en mi cerebro.

Durante su primera etapa escribió una serie de relatos breves que denominó “Historias de la palma de la mano”. Se trata de cuentos breves, la mayoría con un rasgo de inacabado, de apunte o de fragmento con una lógica muy peculiar, es esta narrativa concentrada la que se encuentra al lado de Kawabata durante toda su obra. Tres meses antes de su muerte Kawabata realizó una obra inédita, redujo su obra más conocida, "País de Nieve", a un cuento de la palma de la mano. Nadie acaba de comprender el porqué de esta miniaturización que, algunos aseguran, fue la que le impulsó al suicidio a la edad de 72 años quitándose la vida inhalando gas.