lunes, 13 de abril de 2009

Las Uvas de la Ira

Saludos lectores,

Tras mucho tiempo sin aparecer por aquí vuelvo a las andadas para escribir sobre uno de los libros que a fecha de hoy puedo catalogar como de entre mis preferidos. Me refiero a Las Uvas de la Ira de John Steinbeck, ganador del premio Pulitzer en 1940 y del Nobel en 1962.

La obra transcurre durante los años 30, después de la gran crisis económica que envolvió los Estados Unidos tras el crak del 29. Describe como los pequeños productores agrícolas son expulsados de sus tierras por las grandes empresas debido a un cambio en la explotación de estas. Dicho cambio prácticamente les obliga a abandonar su vida en las áridas tierras de Oklahoma para adentrarse en un peligroso viaje hacia California donde el tipo de agricultura requiere mucha mano de obra. Los protagonistas son la familia Joad, viajamos con ellos a través de Estados Unidos montados en un camión improvisado, escasos de víveres con las esperanzas puestas en una nueva vida con mejores condiciones en la lejana, y para ellos desconocida, California.

De la pobreza y la miseria más absoluta se alzan poderosos el ansia por compartir y el método del buen cristiano de tender la mano a aquellos que como tú, lo necesiten. Las familias que se han visto obligadas a unirse a un éxodo común para toda la Norteamérica que vive su época más triste, son abnegados hombres y mujeres dispuestos a trabajar a cualquier precio. Pendientes de las bocas de deben alimentar no discuten ni montan bronca por temor a ser incluidos en “la lista negra” de la que depende su trabajo y de ello, su futuro. Tratados peor que a los animales, despojados casi del todo de su dignidad, tienen que sobrevivir para ayudar a los suyos. Cuatro brazos son más que dos, cuatro manos recogen más algodón, más melocotones… ni siquiera los niños merecen descanso. Acompañados de la figura del predicador que ha dejado de creer en un Dios todopoderoso para intentar comprender mejor la verdadera naturaleza del hombre, porqué hace lo que hace y se condena por hacerlo, los Joad sobreviven entre millones de supervivientes que no van a dejar de ser humanos pase lo que pase.

En 1949 John Ford llevó al cine la novela con una película de título homónimo. La película es extremadamente fiel a la novela excepto en quizá lo más importante, el final. La novela acaba con la figura de la rolliza Rose of Sharon, encarnación de la juventud y la salud dando de mamar a un pobre hombre decrépito, casi desfallecido por inanición. La ternura de la imagen, el no tener nada y darlo todo es tan grande, tan absoluto que casi raya la perfección. Cambiar el final es como cambiar el espíritu y el significado de la obra.

jueves, 12 de febrero de 2009

El Dios de la lluvia llora sobre Méjico

Saludos lectores,

Tras tanto tiempo de silencio por causa de los exámenes y mi viaje a Holanda, vuelvo a dar señales de vida para hablar de un libro que leí hace tiempo pero que recientemente me hicieron recordar. Me refiero a El Dios de la lluvia llora sobre Méjico de Laszlo Passuth.

Puede resumirse como una novela épica de aventuras dónde se narra la conquista de Méjico al frente de Hernán Cortés. Lo bueno de la novela es que consigue hacer llegar al lector muchos aspectos de la personalidad de Cortés que en los libros de texto desaparece. No se trata simplemente de la hazaña de Cortés al conquistar el nuevo mundo, sino que además realza su humanidad haciéndote partícipe de sus sentimientos y sensaciones frente a un mundo enteramente nuevo y completamente distinto del que conoce. Sin embargo, pese al abismo de diferencias entre la cultura Azteca y la Española de la época, Cortés consigue llegar a comprender al Terrible Señor Moctezuma II sin despojarlo jamás de la realeza que emana de su corona de plumas y de su imponente persona. Realza también el gran atractivo y la gran elocuencia de Cortés, ambos caracteres de su atrayente personalidad haciendo que, en los momentos más difíciles, consigua el favor de sus soldados. Aunque no todo es de color rosa, también es presente con toda la fuerza y brutalidad el lado más cruel de Cortés.

Pero aunque la historia la escriban siempre los vencedores, Passuth no se olvida de los vencidos. Moctezuma, el gran derrotado, el caudillo-Dios de los aztecas, gobernador de toda Centroamérica desde la divina ciudad de Tenochtitlán, lo tenía todo antes de la llegada de Cortés. Era el hombre más poderoso, el más temido, el más sabio, el Dios todopoderoso que vive medio abrumado por la pesada carga de la soledad que conlleva el poder supremo. Es a través de esa soledad que Passuth nos acerca a la humanidad de Moctezuma, es el lado desconocido del semi-Dios el que enternece y hace llorar al lector cuando muere entre los brazos de Cortés asesinado por su propia gente.

Tampoco se deja en el olvido a Mallinalli, la mujer que más amó a Cortés, la traductora de la comitiva, el mayor acercamiento de culturas que se experimenta en toda la novela. El punto de apoyo de Cortés antes de dirigirse a sus hombres, y la ambigüedad del gran amor de Cortés hacia una cultura que esta aplastando tras su paso.

Novelado de un modo fresco y descriptivo, Passuth hace revivir parte de la historia de nuestro mundo a todo aquel que se adentre en las páginas de Tlaloc, el Dios de la lluvia.

viernes, 2 de enero de 2009

Rabos de Lagartija

Saludos lectores,

Coincidiendo con la primera entrada del año 2009, deseándoos un feliz año nuevo a todos vosotros, escribo sobre Rabos de Lagartija, que es sin duda la mejor obra que he leído de Juan Marsé. La más completa, la más cruel, la más tierna, la más verdadera a la vez que la más fantasiosa.

Narrada por Víctor Bartra (hijo), un no nato que desde el vientre de su madre habla con ella y su hermano a la par que con nosotros, mostrándonos cruda y cruel la vida un tanto atropellada de David Bartra, un joven fantasioso hijo de un desaparecido padre alcohólico buscado por la “justicia” franquista y una emprendedora pelirroja, ex maestra de escuela y actual costurera del barrio del Guinardó. Un profundo retrato de la sociedad de la posguerra, de la antigua Barcelona y de lo que ahora no es más que un barrio residencial, un escenario de pobreza, muchachos que deambulan por la calle, la fascinación por el cine y la sexualidad reprimida. La melancólica pareja del desventurado David y Chispa su fiel perro viejo, feo, ciego y sordo son el eje de la novela, y a su alrededor suceden las más desgarradoras historias.

Rabos de lagartija es la historia de las relaciones frustradas, donde no hay ni héroes ni triunfadores porque en la España franquista tan solo hay víctimas. En 1945, en una barriada marginal de Barcelona, el barrio del Guinardó, en un antiguo consultorio de un otorrinolaringólogo fusilado vive realquilada una maestra represaliada, Rosa Bartra, conocida como “la pelirroja” en compañía de sus tres hijos, Juan Bartra muerto por una bomba durante la guerra, David Bartra aprendiz de fotógrafo de bodas y bautizos y el aún no nato Víctor Bartra. Recibe periódicas visitas del inspector Galván con el pretexto de indagar sobre su marido Víctor Bartra (padre), rebelde en paradero desconocido. Sin embargo oculta un amor desesperado hacia la insólita pelirroja, amor que le valdrá el odio del mayor de sus hijos vivos, David, que no descansará hasta probar la falsedad del guripa ante los ojos de su madre.

David vive permanentemente entre la realidad y la ficción, entre la verdad y la mentira. Plenamente consciente de lo que sucede pero demasiado fantasioso para no añadir sus sueños y sus visiones a la vida misma. Las largas mañanas en busca de rabos de lagartija para curar las almorranas de su íntimo amigo, Paulino. Las oscuras tardes en el cine Delicias, en compañía de Paulino dónde le susurra los abusos a los que le somete su tío ex Guardia Civil. Las noches en vela recibiendo las visitas de Juan, su hermano muerto, de su padre permanentemente ebrio y embadurnado en sangre, del arrogante piloto de la RAF que lo mira desdeñoso con su flamante cazadora de cuerdo desde el póster de su habitación. Y la vida de David transcurre así, en busca de Amanda la niña que circula en bicicleta de hombre, odiando en silencio al guripa que les trae café-café, azúcar y chocolate. Mintiendo por los descosidos, haciendo la vida más real de lo que es viendo como las vidas de todos los que le rodean se desmoronan en un abrir y cerrar de ojos. Sufriendo por la culpabilidad que siente frente a todas las desgracias de su madre, de su hermano y de su amigo.

Una desgarradora ficción que muy bien podría ser una más de todas las desgarradoras verdades que por España se esconden.

martes, 23 de diciembre de 2008

El guardián entre el centeno (JD Salinger) vs Botchan (Soseki, Natsume)

Saludos lectores,

Tengo el honor de presentaros una entrada que me ha enviado un amigo que desea permanecer en el anonimato. Poco puedo decir yo a modo de introducción sobre los dos libros que nos presenta ya que no he tenido el placer de leerlos. De todos modos, espero que disfrutéis con su crónica:

Nos encontramos ante dos de las novelas narradas en primera persona más comparadas a lo largo de la historia. Botchan, escrita en Japón en 1906 y The catcher in the rye, 1951. Las diferencias contextuales son más que evidentes, situándose la novela japonesa en la primera madurez de un joven casi huérfano de provincias intentando hacer frente a la emancipación y la vida adulta con su primer trabajo como maestro en una escuela de un pueblo bastante perdido en una isla sureña, mientras que la americana nos habla de un mal estudiante de College que vuelve a fracasar en los estudios y las relaciones personales en un Colegio mayor estadounidense y, más adelante en la novela, en la ciudad que nunca duerme y para con la familia. Las radiografías sociales de ambas obras son excelentes, después de leer el libro de Soseki uno se transforma en un conocedor de los valores y cultura japoneses tradicionales pero también de la creciente influencia del estilo de vida occidental en esos años (en la actualidad tal vez ya completa según podemos leer en los muy celebrados libros de Murakami). Después de leer la primera obra de Salinger uno acaba odiando la gente de los colegios-internados americanos (sólo publicó cuatro títulos entre 51 y 63. Sigue vivo pero no publica novelas).
Sin embargo, el paralelismo entre los dos personajes es evidente: pérdidas familiares tempranas, cierta dificultad en la comunicación con la gente (sensación espectacularmente ampliada gracias a las licencias gramaticales y morfo-sintácticas que los escritores se tomaron en su momento aunque hoy están al orden del día), gran actividad cerebral, nobleza. Estos rasgos, aunque son poco frecuentes en los personajes principales de las novelas, cuadran perfectamente con el ideal del héroe trágico griego. Esto es: Grandes cualidades, pero algún defecto que acerque al protagonista al espectador. No hay novela en que este perfil no se dé (Don Quijote y su locura, Hamlet y sus cavilaciones, los personajes de Auster y sus adicciones o los personajes de Kundera y sus inseguridades. También en los cuentos Disney se repite el esquema. Simba y su asesinato, Aladín y su ansia de poder, la Bestia y su maldición, etc.). Pero en estos dos personajes, parece que la imperfección y la “pringadez” es más evidente que las bondades, por ello se les atribuye a veces el adjetivo "anti-héroes".
A parte de todo esto, hay que mencionar también el toque melancólico de El Guardián entre el centeno, con su frase final brillantísima "No cuenten nunca nada a nadie. Si lo hacen, empezarán a echar de menos a todo el mundo", que podemos paralelizar muy bien con la vieja criada que en ausencia de la madre de Botchan, le cuidaba y mimaba a pesar del pasotismo de su padre y su hermano mayor.

El contenido reflexivo de ambas obras no es extraordinariamente profundo, pero en ambas se habla de la educación y la falta de ella, de la pérdida de valores de la que hoy somos todos víctimas, desde el nihilismo, desde la sensación de vacío de los dos protagonistas. Ambas historia ilustran períodos muy cortos (unas semanas Soseki, cinco o seis días Salinger), pero siempre desde la nitidez del recuerdo fotográfico y con cierto toque poético y capacidad de goce espiritual con el exterior.

domingo, 7 de diciembre de 2008

Memorias de Adriano

Saludos lectores,

Esta entrada se la dedico a los dos amigos que me propusieron leer conjuntamente Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar, por haber sido tan perspicaces al escoger tan buen libro. El año pasado ya hicimos una práctica semejante con El Extranjero de Albert Camus y los resultados fueron bastante interesantes. En un principio tenía la intención de obligarles a hacer una entrada conjunta, pero como veo que no terminan de acabarlo espero poder conformarme con un extenso comentario de su opinión o de su experiencia al leerlo.

Siempre he tenido una simpatía irracional hacia la época romana, supongo que tuve una especie de revelación con Yo Claudio y posteriormente me dejé seducir por la figura de Julio César. Sin embargo del emperador Adriano sólo había oído hablar una vez, fue en mi viaje a Egipto cuando tendría 13 años. Contemplando al impertérrito coloso de Memnón mi padre me hizo acercarme más que cualquier turista y mostrarme como gravado pacientemente en la piedra se podía leer claramente ADRIANO. No se porqué olvidé esta anécdota hasta que resurgió forzosamente de las profundidades de mi subconsciente al leer este libro. En un capítulo del mismo libro, cuando Adriano, destrozado por la muerte de su joven y bello amante Antínoo, se deja arrastrar por la corte de su despechada mujer para oír el lastimero quejido del coloso guardián de la ciudad es poseído por un extraño instinto de dejar marcado su nombre para la posteridad.

No cabe duda que Margueritte Yourcenar hizo un extraordinario trabajo de investigación para escribir este libro. El libro coge la forma de epístola que el emperador Adriano escribe a Marco Aurelio, su nieto político. Está narrado siempre en primera persona, con los sentimientos, los puntos de vista y las profundas cavilaciones del emperador expresadas de modo claro y contundente. Adriano medita sobre sus triunfos y sus derrotas, sus experimentos en las diversas religiones, su amor por la filosofía, la música y la poesía así como su indiscutible pasión hacia su ya nombrado amante Antínoo. Al principio me costó bastante situar en un marco histórico a Adriano, por eso tuve que remediar mi ignorancia investigando un poco al respecto. Pronto supe que Adriano fue emperador en el siglo II después de Cristo, en una época en la que prácticamente se había dejado de creer en los dioses romanos pero en la que aún no se había asentado el Cristianismo. También averigüé (aunque no me hubiese costado demasiado leer unas cuantas páginas más dónde queda aclarado a la perfección) que Adriano fue el hijo adoptivo de Trajano y, a su vez, también fue el padre y el abuelo adoptivo de Antonino Pío y Marco Aurelio. Sabía que la época de Trajano fue la mayor época de expansión del Imperio Romano pero aprendí que la era de Adriano fue “casi” equiparable a la Pax Romana de Octavio Augusto. Adriano como buen emperador-filósofo abogó por el diálogo, intentó minimizar las guerras al máximo ya que su predecesor estuvo, incluso, demasiado predispuesto a ellas y logró mantener un Imperio en una época en la que todo apuntaba a su desmoronamiento.

En mi opinión, Memorias de Adriano se trata de una novela que a su vez puede considerarse una clase magistral de historia antigua. Sin duda, altamente recomendable.

viernes, 28 de noviembre de 2008

Otra tanda de escritor sueco

Saludos lectores,

Tras leerme Los hombres que no amaban a las mujeres me hablaron de otra serie policíaca de otro escritor sueco. Estoy hablando del ya conocido Henning Mankell autor de la serie protagonizada por el inspector Wallander que le ha convertido en un escritor de fama mundial y con cifras de ventas millonarias. Tengo que reconocer que hasta el momento solo me he leído el primer tomo de la serie, Asesinos sin rostro, (aunque voy ya casi por la mitad del segundo, Los perros de Riga) pero creo que tan solo con eso ya puedo decir que se trata de una buena serie con la que pasar el rato.

No es una maravilla literaria, ni una obra maestra de la narrativa pero si una novela policíaca dónde el protagonista pese a ser gris, pesimista y poco triunfador, cae bien. De momento se han traducido 14 tomos de la serie al español y se pueden encontrar en la económica edición de Tusquets editores o si no siempre existen las bibliotecas… Asesinos sin rostro se inicia con un inspector Kurt Wallander que atraviesa uno de los momentos más sombríos de su vida, su mujer acaba de abandonarle, su padre está enfermo, su hija apenas le habla, esta ganando peso, bebe demasiado, duerme poco y comete alguna que otra imprudencia. Este veterano policía debe ponerse al frente de la investigación de un brutal asesinato de un anciano matrimonio de granjeros de Lernap. La mujer antes de morir pronuncia la palabra “extranjeros” repetidas veces, con eso Kurt Wallander y sus ayudantes no sólo tienen que enfrentarse a un asesino a sangre fría sino a una sociedad entera que alberga insospechados sentimientos racistas.

Al leerlo he podido encontrar ciertas similitudes con el libro de Stieg Larsson que comenté en una entrada anterior. Ambos libros tratan una temática similar, si bien el de Larsson está más centrado en los maltratos de las mujeres que en el racismo, media familia de los Vanger fue Nazi en su momento o ahora pertenecen a grupos nacionalistas extremos con lo cual el tema del racismo tiene bastante fuerza en la novela. Al contrario que la primera novela de Mankell que está firmemente centrada en el racismo pero, sin embargo, el matrimonio asesinado sufre maltratos bestiales antes de morir. Así que he llegado a la conclusión que la fuerte violencia del maltrato y el racismo son temas candentes en la Suecia actual. Supongo que la mayoría de gente habrá leído antes a Mankell que a Larsson, ya que Mankel es más conocido, lleva más tiempo escribiendo y su carrera literaria es bastante más extensa. Pero aunque diga que hay varios puntos similares en ambas series, el enfoque y la manera de tratar el tema son completamente distintos de modo que creo bastante interesante leer los dos libros.

¡A ver si os animáis! :)

martes, 11 de noviembre de 2008

El rosal

Era un once de Noviembre frío y desesperanzador. El cielo encapotado amenazaba lluvia, el helado, fuerte y seco viento golpeaba frenéticamente las ramas de los árboles que alocadas crujían al compás del viento cual notas de una célebre melodía diabólica. Pese a la música del viento el pueblo estaba en silencio. De pronto se unieron a la sinfonía de la naturaleza las campanadas de las doce, tañendo ferozmente.

Como movidos por un reloj, todos a la vez salieron de sus casas, jóvenes y viejos. Toda la familia con paso grave y silencioso se encaminó hacia un lugar bien alejado, era su momento, era su dolor privado y nadie que no fuese uno de ellos tenía derecho a interponerse en su camino. Nadie hablaba, nadie se atrevía a romper aquel silencio esperanzador, algunos ya lo tenían asumido, otros aún creían que no era cierto, y unos pocos pensaban que no podrían vivir así. El gris del cielo aumentaba a medida que avanzaba la comitiva silenciosa. Las nubes oscuras se acumulaban sobre sus cabezas, el rugir del viento se acentuaba, andar era un suplicio. La cuesta parecía más acusada que otras veces. Jadeantes, con la pena a cuestas, los ojos llorosos, los rostros rojos y ajados llegaron, al fin.

La hermana enseguida reconoció el lugar, los recuerdos alegres, tristes, cruciales y banales se le amontonaban en la mente. No daba abasto, no podía saborearlos todos, no podía retener ninguno, no podía escoger los mejores. Aparecían uno detrás de otro, sin sonido, sin color como una película muda donde los actores y las actrices eran personas conocidas y la protagonista era la mujer que ahora reposaba en la urna. Se agobiaba por momentos. El chocar de la pala contra la tierra, el sonido de la arena amontonada se le metía en la cabeza, no podía pensar, estaba obligada a ver aquel suceso de recuerdos insaciables.

No paraba, alguien golpeaba enérgicamente el suelo arcilloso con la pala. Esforzándose por cavar el hoyo a la profundidad adecuada. El sonido metálico era angustiosamente agudo, el olor a arena removida y a muerte se le acopiaba en las fosas nasales. No veía a las personas, veía sombras. Sombras que se le acercaban, que la abrazaban, le daban el pésame. Sombras que hablaban, sombras que recitaban poesías, sombras que se despedían, sombras que la recordaban. Una sombra que cavaba con una pala metálica, plan, plan, plan... Por fin paró. El silencio se adueñó de todos, el sonido espeluznante del viento, dos o tres gotas cayeron, las suficientes para humedecer la tierra. “Así crecerá mejor” musitó alguien. Dos sombras se abrazaron, un susurro alentador rompió el silencio, el niño rompió a llorar pero una sombra maternal ahogo el llanto con suaves palabras susurradas entre dientes al oído de la criatura.

Le tocaba hablar.

Con manos torpes y temblorosas desdobló el papel. El silencio era total, el viento sacudía al pequeño trozo de papel, tan débil, tan frágil. Dos enormes lágrimas saladas cayeron encima del escrito. Casi no se podía leer la pequeña y apretada letra escrita en tinta azul. La voz moría en su garganta. Era incapaz de pronunciar una sola sílaba. Tenía la boca seca, la cabeza llena de recuerdos y el corazón de sentimientos. Abrió la boca pero solo salió aire. Volvió a doblar apresuradamente el papel, lo lanzó al hoyo. Se le nublaba la vista, las lágrimas llenaban las cuencas de sus ojos. El olor de tierra mojada estaba presente en todas partes, como un dios al que se veía obligada a venerar. El viento frío agrietaba su rostro. Sollozaba. Alguien dijo unas palabras emotivas. Otro rompió a llorar silenciosamente. El perro aullaba. El que había estado cavando esparció las cenizas. Encima plantaron cuidadosamente las semillas. El metal de la pala chocando contra el suelo, plan, plan, plan…

Y de allí brotó el rosal. Sin duda el rosal más hermoso de todos. Pues estaba regado con las lágrimas de aquellos que la querían y se nutría de los pedazos de corazón arrancados por la tristeza y el dolor, los bellos recuerdos eran su esencia y las más grandes y hermosas rosas, frutos de su anterior vida.

Pasaron los años y aún aquellos que en vida le tuvieron envidia le tuvieron también en muerte. Pues el magnífico rosal creció oloroso, rojo, recto, espinoso, fértil y hermoso. De una forma u otra ella vivía en aquellas flores, igual que sus camisas floreadas, que su buen entendimiento, que su cariño y su amor por las personas y la vida. La visita al rosal se convirtió en tradición, la historia fue de boca en boca deformándose con el paso del tiempo. Se decía que su alma alentaba al rosal a crecer más rápido y mejor que las demás plantas, del mismo modo que ella había alentado a tanta gente a enfrentarse a sus temores, a vencerlos y a conseguir aquello que se habían propuesto. La mujer pueblerina que su familia tanto había querido pasó a ser heroína. Pero el rosal siguió allí, único testimonio de la dura, triste y cruel realidad: Vivir conlleva morir. El rosal que ahora adoramos algún día morirá, pero al plantarlo ya sabíamos su fin. Cada vez que nace un niño se le está condenando a morir. Pero a la muerte en si no se le teme, pues todos tenemos integrado en nuestro interior el destino final. Se teme a la forma en que muramos, al dolor, a la tristeza de los demás, a la desgracia de los tuyos. Se teme aquello que no podrás ver, imaginar el desasosiego de aquellas personas que te importan, pensar en cómo seguirá la vida sin ti, caer en el olvido, se teme ser lo que siempre hemos sido; nada.

Pero aún hay algo peor que la muerte física, la muerte de la voluntad, del alma. Ella murió pero siguió tanto en el recuerdo como en el rosal, sin embargo la hermana aparentemente vivía. Su cuerpo desempeñaba las funciones vitales a la perfección, el corazón latía constante, los pulmones respiraban, los riñones drenaban y el cerebro controlaba. Pero de todos modos no estaba viva, era un cuerpo que andaba, comía y respiraba. No sentía más que dolor, angustia y desesperación. Hacía mucho tiempo que la vida había dejado de tener ningún sentido para ella, se limitaba a esperar su fin. Quería que llegase lo antes posible, lo anhelaba. Se había pasado la vida soñando y un duro golpe la había obligado a despertar. Al hacerlo la multitud de injusticias e incongruencias de la realidad se le clavaron cual dardos en el centro del corazón. Cortando así, de cuajo, cualquier atisbo de felicidad o buenos sentimientos, condenándola a vagar por la tierra sin pertenecer del todo a ella. Se pasaba largas horas lamentándose sintiendo un dolor terrible por la pérdida de alguien a quien amaba, respetaba e idolatraba. La muerte no era algo nuevo para ella, sus padres envejecieron y murieron mucho antes, pero eso ya lo esperaba. Los padres mueren antes que los hijos, la naturaleza sabia se lo había mostrado de bien pequeña teniendo como escenario el bosque y los corderos y el zorro de personajes. Pero para ella los hermanos duraban hasta siempre. Jamás se había planteado aquello ni nadie le había abierto los ojos. Su único consuelo era cuidar, observar, podar, regar y oler el hermoso rosal que contenía infinidad de partículas que antes le habían pertenecido.

Entre lamento y lamento la vida fue pasando como un débil suspiro, seco y sin aliento. De tanto lamentarse la vida se había escurrido entre sus dedos y ahora ya era demasiado tarde para poder agarrarla con fuerza y no dejarla escapar. Tuvo que resignarse a extender el brazo con todas sus fuerzas para acariciar con la yema de los dedos algo parecido a la vida durante unos largos meses de agonía en los que sufrió ella y su familia, así como los médicos que no atinaban a encontrar la causa de tanto dolor y frustración. Y así fue como la hermana murió muerta pues durante muchos años no había sido más que un muerto en vida.


Once de Noviembre de 2006